Nunca vi un bisonte, pero guardaba su silueta mucho antes de que alguien pudiera reconocerla.
Durante incontables años permanecí oculta en el interior de un nódulo de sílex, bajo las tierras que hoy forman el Parque de Polvoranca, al sur de Madrid.
Mucho antes de que existieran sus caminos y sus lagunas, grandes animales recorrían las llanuras de la península ibérica. Los seres humanos del Paleolítico los observaban, los cazaban y, miles de años después, algunos dejaron sus figuras grabadas en las paredes de las cuevas.
Yo permanecí en silencio, esperando sin saberlo mi propio encuentro con una mano humana.
Una tarde de verano de 2026, alguien encontró mi nódulo y decidió descubrir lo que escondía. Un golpe me separó de él y apareció mi forma: una pequeña silueta blanca, con la cabeza inclinada y el lomo de un bisonte.
Ahora descanso en una cápsula de metal y cristal. Llevo a mi espalda un chip que cuenta mi historia, aunque mi figura parece pertenecer a un tiempo mucho más antiguo.
Nunca fui un bisonte. Pero durante millones de años guardé la forma de uno, esperando a que alguien lo imaginara.