Durante un tiempo que nadie recuerda, permanecí entre cantos rodados y fragmentos de cuarzo lechoso, en las tierras de Valencia de Don Juan, cerca del río Esla.
A mi alrededor predominaban las piedras claras, redondeadas por el agua y los años. Yo era diferente. Pequeña, oscura, casi negra, conservaba en mi interior una historia que ningún ojo podía ver.
El agua movió las piedras, el frío las quebró y muchas generaciones humanas caminaron por estas tierras sin reparar en mí.
Hasta que, en octubre de 2026, alguien se detuvo a mirar entre las piedras. No buscaba oro ni piedras preciosas. Buscaba algo que nuestros antepasados también habían aprendido a reconocer: una roca capaz de guardar el recuerdo de un golpe.
Hoy descanso protegida en una pequeña cápsula de metal y cristal. A mi espalda llevo un chip que permite contar mi historia.
Entre tantas piedras blancas, alguien supo reconocer mi oscuridad.